Alejandro Magno

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El cine está predestinado a ejercer de biógrafo de los grandes personajes de la historia. Los hombres influyentes, cuyas existencias marcaron el signo de sus tiempos y cuyas vidas personales están envueltas en la bruma del misterio y los interrogantes morbosos, nos fascinan.

“Conquistó el mundo sin sufrir una derrota y fue un visionario y un hombre de espíritu generoso. Quizás fue el mejor guerrero de todos los tiempos, más grande que sus héroes Aquiles y Heracles. Creció bajo estas figuras de la mitología griega, y creyó firmemente en ellas. Su gran fuerza y empuje fueron producto de esta fe, que le llevó a alcanzar su destino”.

Oliver Stone sobre Alejandro Magno, el personaje.

El cine ha puesto en imágenes las vidas de Jesucristo, Napoleón, Hitler, los grandes mitos históricos, y el público ha recibido cada película con evidente expectación. En el 2004 era el turno del conquistador macedonio muerto a los 32 años después de haberse convertido en el personaje más poderoso del mundo precristiano. Alejandro Magno es un personaje que se escapa a cualquier mesura, pensar en lo que significa en la actualidad un personaje como George Bush es quedarse muy corto. Él debía ser en su tiempo como Bush, Bin Laden y Benedicto XVI en la misma persona, y lo era cuando contaba únicamente con 25 años, edad en la que la mayoría de nosotros estamos todavía sacándonos la carrera y pensando qué demonios hacemos con nuestra vida.

Alejandro Magno conquistó Macedonia, Pakistán, Siria, Libia y hasta la India durante 8 años de locura y 35000 kilómetros recorridos con su ejército. Se dice que nunca fue derrotado, aunque sus hazañas se cobraron innumerables víctimas, penalidades, miserias e incluso algún intento de motín por parte de sus exasperados soldados, obligados a embarcarse en un permanente viaje de lucha y conquista lejos del hogar.

No era extraño, y sí muy esperanzador, que un director como Oliver Stone quisiera traspasar a la gran pantalla su visión personal del personaje de Alejandro Magno. La energía y compromiso de sus crónicas de la América de la segunda mitad del siglo XX daba pistas de cómo Stone encararía una película ambientada antes de Cristo. Sería un film con personalidad, duro, violento y visualmente espectacular, nada parecido a lo que debe ser una película histórica desde hace 50 años. Stone convertiría el biopic de Alejandro en algo contemporáneo. Y lo consiguió, aunque fuera a medias para la mayoría de espectadores. Quizás se debiera a la expectativa (es tan tentador: ¿Qué demonios puede hacer el director de piezas sangrantes, extraordinarias como “Platoon”, “Nixon” o “Un Domingo cualquiera” con una película a priori tan encorsetada dentro de los cánones del género histórico más clásico?), pero cuando uno termina de visionar el film se queda con que le falta algo, una vuelta de tuerca más a determinados temas, una visión más sofisticada de lo que es, por ejemplo, la homosexualidad de Alejandro, o una actriz que interprete a la madre del conquistador que no sea Angelina Jolie, por más joven que pudiera ser en verdad la madre de Alejandro.

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Pero más allá de lo que cada uno tuviera en su cabeza antes de ver el film (el problema es ese, que todos teníamos la película de Stone filmada y estrenada en nuestro cerebro, mucho antes incluso que el propio Stone…), “Alejandro Magno” (”Alexander” en el título de la versión original) es una espectacular recreación de un tiempo lejano al que parece que el cine puede llevarnos de viaje con un verismo cada vez más increíble. En este sentido, Stone se tomó el film más como un fresco realista que como una visión personal, y el proceso de investigación y documentación para hacer realidad en pantalla la época de Alejandro Magno duró mucho tiempo y costó mucho dinero. Una buena muestra es la obsesión (conseguida, o no, eso depende de la percepción de cada uno) porque la interpretación de los actores fuera lo más relista posible, de este modo, los protagonistas hablan cada uno en un acento que responde al lugar de origen del personaje. Y en el caso de Colin Farrell, que interpreta a Alejandro, su papel exigió un mes de entrenamientos en actividades como la espada, el lanzamiento de jabalina, o aprender a montar a caballo sin silla. Farrell, por su parte, respondía a cada reto con el doble de compromiso, y renunció en la mayoría de ocasiones a la utilización de dobles en las escenas más arriesgadas.

La utilización de los servicios del experto y asesor militar Dale Dye fue decisiva para el aprendizaje de los actores, así como la de otros especialistas como el semoviente Ricardo Cruz Moral, encargado de coordinar todo lo referente a la equitación.

La obsesión de Stone por no inventar nada en cuanto a costumbres y ambientación, le condujo a utilizar de forma exacta la formación de ataque llamada falange en una de las batallas, que consiste en distribuir a los soldados en bloques separados de 16 x 16, con todo el grupo que se desplaza como un gran y perfecto cuadrado cubierto de escudos hacia el enemigo. Realmente espectacular.

Nada quedó al azar, y esta obsesión por el detalle condujo a que el presupuesto se elevara hasta los 120 millones de euros, la producción más cara de la carrera del director. Se trató de un proyecto en que Stone invirtió mucho tiempo, y en el que tenía muy claro que la película en su cabeza no debía reparar en gastos. El propio director confesó que sentía fascinación por el personaje de Alejandro Magno desde la infancia.

El guión lo escribieron Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis. Los acontecimientos históricos de los que se tiene prueba se modificaron en orden para bien del ritmo de la propia película, mientras que otros simplemente se omitieron. Robin Lane Fax, que escribió un best seller sobre el personaje en 1972, asesoró en todo momento al equipo de Stone sobre temas históricos. Para la polémica (o las ganas de hacer polémica), quedó el debate de la homosexualidad de Alejandro, mostrada en la película de forma un tanto torpe.

No faltaron los que trazaron la línea que unía al Stone cronista de la América contemporánea con el nuevo Stone director de films históricos. De este modo, parecía claro que el director de “Nacido el 4 de Julio” había utilizado toda la conquista de Alejandro Magno de los países orientales como metáfora de la América imperial de George Bush opuesta a Oriente Medio.

Moritz Boorman, el productor, y Stone reunieron a un casting con puntos definitivamente bajos (ya he citado a Angelina Jolie), y otros más positivos como Val Kilmer, muy acertado en el papel de Filipo, el severo padre de Alejandro, y el propio protagonista, Colin Farrell, quien se apodera de Alejandro Magno con una acertada mezcla de fuerza y sensibilidad.

En unos años en que estrenos como “Gladiator”, “Troya” o “El Último Samurai” hacían pensar que el público volvía a disfrutar con la Historia cinematográfica, “Alejandro Magno” se convirtió en un proyecto espectacular a la vez que personal, tan criticado como alabado, aunque tanto para unos como para otros, es un film definitivamente interesante.

Alguien voló sobre el nido del cuco

alguien volo sobre el nido del cuco

“Quién te piensas que eres, por dios, ¿un loco o algo parecido? Bien, pues no lo eres, ¡no lo eres! No estás más loco que la mayoría de gilipollas que hay por la calle”.

Randle McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco.

 

Randle McMurphy es uno de los personajes más originales, a la vez que arquetípicos del cine de los 70. Inteligente, imprevisible, libre, un preso que no está dispuesto a cumplir condena en una cárcel convencional y se las ingenia para ser trasladado a una institución psiquiátrica del estado de Oregon donde seguirá luchando por su libertad, revolucionando a los internos y enfrentándose a la temible enfermera Ratched. Como digo, un arquetipo en cuanto a personaje liberador, líder, pero con unos métodos inéditos: resistirse a creer que los internos del psiquiátrico sean simples “locos”, y tratar de ganar sencillas pero significativas luchas en pos de sus derechos: ver las World Series por la televisión, cosa prohibida por la enfermera jefe, o ir a pescar.

No existe Randle McMurphy sin Jack Nicholson. Si reuniéramos a los máximos defensores y los más feroces detractores del actor nacido en New Jersey en 1937, probablemente en lo único que coincidirían es en que Randle McMurphy es su personaje más extremo, y la pieza angular de su carrera. Unos elogian su caracterización llena de energía y convicción, machacando a buen seguro las líneas que el personaje tenía en el guión y construyendo un nuevo ser que, indudablemente, tiene mucho de su personalidad; los otros, los que no soportan el histrionismo de Nicholson, no comparten esas ansias de traspasar los límites de un guión o una dirección de actores y erigirse como total y revolucionado protagonista de la función.

Lo cierto es que un personaje tan duro y complejo como McMurphy no se lo puede cargar a la espalda un cualquiera. La fuerza de este preso que termina siendo víctima de un violento tratamiento de electroshock tenía que estar reflejada y luego multiplicada por un actor tan expansivo como Nicholson. Su elección fue un acierto, después de que los productores lo intentarán con James Caan (que no hubiera estado mal, viendo la dinamita pura que era su Sonny Corleone de “El Padrino”), Marlon Brando (quién sabe lo que hubiera hecho Brando con McMurphy) o Gene Hackman (sinceramente, no lo veo), finalmente se decidieron por Nicholson, y éste recibió un Oscar y la mejor base sobre la que construir una carrera y un status como el que posee hoy en día este actor.

Pero no hay personaje principal sin su antagonista. Y a McMurphy había que ponerle delante a alguien de su talla, un verdadero gigante que representa lo opuesto a lo que defiende el personaje de Nicholson. Y este personaje estaba en el psiquiátrico donde ingresan a McMurphy.

La enfermera Ratched está interpretada por Louise Fletcher, que aceptó el papel después de que lo rechazaran actrices de mayor fama como Anne Bancroft y Angela Lansbury (no habría estado mal ver a la tierna Lansbury ejerciendo de mala en la película). Es una mujer, la enfermera Ratched, absolutamente diabólica, que ha creado un estereotipo muy relacionado con el cine de terror y suspense: una enfermera que controla a sus pacientes, los maltrata, los manipula, juega con ellos y se muestra inflexible ante el dolor humano. No hace falta irse a un western de Sergio Leone para ver duelos emocionantes al borde del abismo, con Ratchet y McMurphy la tensión, el cara a cara está servido. McMurphy quiere ser libre, y para conseguirlo “libera” a los demás pacientes del psiquiátrico de sus miedos, de su vida castrada por rechazos y prohibiciones, de su insignificante existencia en ese agujero más parecido a una cárcel de máxima seguridad; y Ratched es la alcaide de este Alcatraz repleto de enfermos mentales, una enfermera que ejerce su profesión de una manera personal, imponiendo en el lugar su propia y terrorífica ley.

 

La historia de “Alguien voló sobre el nido del cuco” tiene su origen en una novela best-seller homónima escrita por Ken Kesey en 1962.

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Poco después de su edición, la novela se representó en Broadway con Kirk Douglas interpretando a McMurphy. El mismo Douglas compró los derechos del libro de Kesey e intentó que algún estudio de Hollywood le financiase su traspaso al celuloide, pero no fue posible. Los derechos de adaptación fueron cedidos del padre al hijo Michael Douglas, que sí consiguió producir el film junto a Saul Zaentz. El guión lo escribieron Lawrence Hauben y Bo Goldman, y se contó con un presupuesto de 4,4 millones de dólares.

Milos Forman (exiliado checo nacido en 1932, cuya filmografía se había iniciado una década atrás con “Audition”, de 1963, y entre cuyos futuros proyectos destacan el musical “kitch Hair” de 1979, la oscarizada “Amadeus” de 1984, o “Man on the Moon”, del 1999) preparó una filmación que ayudará a los actores a sentir cómo su personaje avanzaba y se desarrollaba, por lo que se rodó a tiempo real según marcaba el guión. El Oregon State Hospital sirvió de escenario natural donde sucedía el grueso del film, el temible psiquiátrico regentado por la enfermera jefe Ratched. El éxito de la película lanzaría la carrera de Forman en Estados Unidos, y el checo se nacionalizaría en 1977.

Estrenada en una década donde Estados Unidos iluminó de nuevo el cine mundial con una camada de nuevos e independientes creadores (Spielberg, Scorsese, Coppola, Cimino…), “Alguien voló sobre el nido del cuco” es una de las grandes películas americanas de la época. Un clásico que, como el propio Forman se encargó de asegurar, también reflejaba de forma soterrada la situación mundial contemporánea, con la guerra fría y el mundo polarizado, y el psiquiátrico como símbolo de la Unión Soviética vista desde la perspectiva occidental. Forman sufrió la persecución nazi a los judíos y posteriormente el yugo socialista, y sus imágenes desprenden fuerza, verdad e implicación. Describen una micro sociedad repleta de relaciones de poder, de opresores grises y mecanizados y oprimidos llenos de energía, buen humor y ansias de libertad, alzada en una parcela situada entre la razón y la locura que cualquiera puede extrapolar a las sociedades actuales. A esta lectura deberíamos añadir otro mensaje importante que muestra una posición de duda con respecto a la psiquiatría y a los métodos que se utilizan para tratar a los enfermos mentales, la tesis del film es muy simple: la sociedad es quien crea a seres enfermos, porque la misma sociedad está enferma.

En la ceremonia de los Oscar de 1976, el film contaba con 9 nominaciones, y aunque estaba en dura competencia con “Tiburón” (Steven Spielberg) y “Nashville” (Robert Altman), se llevó por primera vez en la historia las 5 principales estatuillas: mejor película, mejor director para Milos Forman, mejor actor principal para Jack Nicholson, mejor actriz principal para Louise Fletcher, y mejor guión adaptado; no sucedería nada parecido hasta que “El silencio de los corderos” se llevó casi 20 años después, de nuevo, los 5 premios más prestigiosos.